La invisibilidad también comunica

La invisibilidad también comunica
Escrito por Marta Ortega

El pasado sábado 27 de junio miles de personas volvieron a salir a las calles de Lima para participar en la Marcha del Orgullo LGBTIQ+. Como cada año, fue una jornada de reivindicación y defensa de derechos que congregó a colectivos, familias, activistas y personas aliadas. Sin embargo, hubo una ausencia que llama la atención: la del sector empresarial.

No existen datos que permitan afirmar que este año participaron menos empresas que en ediciones anteriores. Pero sí parece haber una percepción compartida: las marcas y organizaciones privadas están siendo menos visibles en estos espacios. Menos contingentes identificados con sus logos, menos presencia en redes sociales y un perfil más bajo en torno al Mes del Orgullo.

Y esto no parece ser un hecho aislado. En Estados Unidos, numerosos organizadores del Pride reportaron una caída de entre el 20% y el 30% del apoyo corporativo (CBS) y una menor presencia pública de grandes marcas (Wall Street Journal). Si bien las razones pueden ser diversas, desde el temor a reacciones negativas hasta los cambios en las estrategias de comunicación y el cuestionamiento de las políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI); el resultado es el mismo: la inclusión ha dejado de ocupar un lugar visible.

Aunque el retroceso visible ha sido especialmente documentado en Estados Unidos, las decisiones de las grandes corporaciones rara vez se quedan dentro de sus fronteras (Gravity Research). Las multinacionales exportan no solo productos y servicios, sino también culturas organizacionales, prioridades y formas de comunicar sus compromisos. Lo que comienza como un cambio de estrategia en la casa matriz termina, en la mayoría de los casos, replicándose en las filiales de América Latina.

Este fenómeno no necesariamente implica que las empresas hayan abandonado sus compromisos internos en materia de DEI. Sin embargo, sí plantea una pregunta importante: ¿qué ocurre cuando las empresas siguen diciendo que creen en la inclusión pero dejan de mostrarse públicamente junto a la comunidad?

Porque la visibilidad corporativa no es un fin en sí mismo. Es una señal. Es el mensaje que se transmite a quienes trabajan dentro de las organizaciones. Es el respaldo que recibe una persona que aún no ha salido del clóset, quien duda si podrá desarrollarse profesionalmente siendo auténtica, o quien necesita saber que, si enfrenta una situación de discriminación o acoso, no estará sola.

Porque si durante años el mensaje fue "estamos aquí", cuando las empresas dejan de mostrarse públicamente el mensaje que muchas personas reciben puede ser muy distinto:

"Quizá este ya no es un buen momento para mostrarse."

Y esa señal cobra aún más importancia en el contexto actual. Organizaciones internacionales como ILGA World vienen alertando sobre un aumento de las restricciones legales, los discursos contrarios a los derechos de las personas LGBTIQ+ y el cuestionamiento de políticas que durante años parecían avances consolidados. De hecho, 2025 marcó un hito preocupante: por primera vez en casi una década aumentó el número de países que criminalizan las relaciones consentidas entre personas del mismo sexo (ILGA).

Precisamente porque el contexto es más desafiante, la visibilidad adquiere un valor aún mayor. Es fácil ser visible cuando la inclusión no tiene costo. El verdadero compromiso se demuestra cuando sostener esa visibilidad implica asumir un riesgo.

Recordemos que los derechos rara vez desaparecen de un día para otro. Antes de eso, muchas veces desaparecen de la conversación pública. La visibilidad no es el destino de la inclusión, es una de las condiciones que permite sostenerla. Porque cuando las organizaciones dejan de mostrarse, el silencio también ocupa espacio.

Hoy vale la pena preguntarnos qué tan dispuestas están las organizaciones a sostener, con coherencia y convicción, los valores que dicen promover. La visibilidad no es el objetivo de la inclusión, pero sigue siendo una de las formas más poderosas de demostrar que el compromiso permanece, incluso cuando hacerlo resulta menos cómodo.

Porque, al final, la invisibilidad también comunica.